Olivia de Prado

Metamorfosis tras la Infertilidad.

 

La metamorfosis llegó a mi vida en forma de Infertilidad.

Esta misma ocasionó en mí una muerte y un resurgir como una persona diferente.

Creo que todos pasamos por momentos en la vida que marcan un antes y un después.

La infertilidad fue en mi vida uno de estos momentos. Uno de tantos.

Morí y resurgí.

La infertilidad te cambia. Y yo cambié.

Claro que cambié, ¿cómo no iba a hacerlo?. Todas lo hacemos cuando pasamos por algo así, y quien diga que no, no está diciendo la verdad.

No te hace mejor, ni peor, simplemente te hace diferente.

Muchas personas de mi entorno no lo entendieron, no supieron acogerme en quien me había convertido. Era alguien diferente a sus ojos, y también a los míos. Yo me descubría cada día como una nueva persona, con mi lado oscuro a ratos y con una nueva luz en otros ratos.

Se me criticó, se me invalidó, e incluso se me apartó.

Y ahí estaba yo, malherida, y abandonada; tratando de salir a flote, de aquella batalla tan poco reconocida.

Se me pidió que volviera a ser “la de antes”, ésa que yo no quería volver a ser.

Aquellas heridas me habían hecho cambiar, y tuve que luchar con un abominable conflicto interior. Dejarme ir o volver a ser.

Quería sentirme como antes, pero no podía y creo que tampoco quería. La huella se había dibujado con tinta permanente.

Fui formando mi nueva identidad como mujer, lo hacía como podía; sin saber qué pasos tenía que dar.

Hubo muchos momentos de dejarme llevar, sentía que la vida me arrastraba a la deriva; y hubo otros en los que parecía tener claro lo que quería hacer con aquella nueva identidad.

Ambivalencia. Sentí mucha ambivalencia.

De vez en cuando, la vida me permitía respirar para poder continuar. Esos días agradecía la experiencia. Me gustaba mi nueva yo, la que otros no entendían. Otros días la odiaba profundamente.

Y así fui formando mi nuevo ser, permitiéndome, dejándome ir, sin oponer resistencia.

Comprender que el cambio es necesario y recibir lo que estaba llegando.

Me facilitó parar, quebrarme, reconocerme, llorar, llorar mucho y sobretodo permitirme.

Después recuperé la sonrisa de nuevo. Después de tiempo, para que nos vamos a engañar.

Y entonces sentí que volví a nacer.

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Metamorfosis tras la Infertilidad.

 

La metamorfosis llegó a mi vida en forma de Infertilidad.

Esta misma ocasionó en mí una muerte y un resurgir como una persona diferente.

Creo que todos pasamos por momentos en la vida que marcan un antes y un después.

La infertilidad fue en mi vida uno de estos momentos. Uno de tantos.

Morí y resurgí.

La infertilidad te cambia. Y yo cambié.

Claro que cambié, ¿cómo no iba a hacerlo?. Todas lo hacemos cuando pasamos por algo así, y quien diga que no, no está diciendo la verdad.

No te hace mejor, ni peor, simplemente te hace diferente.

Muchas personas de mi entorno no lo entendieron, no supieron acogerme en quien me había convertido. Era alguien diferente a sus ojos, y también a los míos. Yo me descubría cada día como una nueva persona, con mi lado oscuro a ratos y con una nueva luz en otros ratos.

Se me criticó, se me invalidó, e incluso se me apartó.

Y ahí estaba yo, malherida, y abandonada; tratando de salir a flote, de aquella batalla tan poco reconocida.

Se me pidió que volviera a ser “la de antes”, ésa que yo no quería volver a ser.

Aquellas heridas me habían hecho cambiar, y tuve que luchar con un abominable conflicto interior. Dejarme ir o volver a ser.

Quería sentirme como antes, pero no podía y creo que tampoco quería. La huella se había dibujado con tinta permanente.

Fui formando mi nueva identidad como mujer, lo hacía como podía; sin saber qué pasos tenía que dar.

Hubo muchos momentos de dejarme llevar, sentía que la vida me arrastraba a la deriva; y hubo otros en los que parecía tener claro lo que quería hacer con aquella nueva identidad.

Ambivalencia. Sentí mucha ambivalencia.

De vez en cuando, la vida me permitía respirar para poder continuar. Esos días agradecía la experiencia. Me gustaba mi nueva yo, la que otros no entendían. Otros días la odiaba profundamente.

Y así fui formando mi nuevo ser, permitiéndome, dejándome ir, sin oponer resistencia.

Comprender que el cambio es necesario y recibir lo que estaba llegando.

Me facilitó parar, quebrarme, reconocerme, llorar, llorar mucho y sobretodo permitirme.

Después recuperé la sonrisa de nuevo. Después de tiempo, para que nos vamos a engañar.

Y entonces sentí que volví a nacer.

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